Colegio Padre Poveda

Institución Teresiana

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PEDRO POVEDA: HOMBRE DE PAZ 

         Con motivo de la celebración del Día de la Paz y del Centenario de la Institución Teresiana, el Colegio Padre Poveda ha trabajado a lo largo de este mes distintos personajes relevantes en su compromiso por la paz.

         Hemos destacado la figura de Pedro Poveda: Hombre de paz.

         Hacer una semblanza de Poveda es difícil por la riqueza que su persona entraña: sacerdote, fundador, pedagogo, humanista, escritor, promotor social de los sectores marginados, impulsor del laicado de la iglesia, hombre que supo apostar por la mujer y su derecho a la cultura; que confió en el poder de los jóvenes; audaz, solidario, profeta, adelantado a su tiempo…, “hombre de paz”.

         Hombre de paz. Hoy nos vamos a detener en este aspecto que, sin menoscabo de los demás atraviesa todos ellos como eje transversal de su vida.

         Poveda  estimaba que los tiempos presentes que a él le tocaron vivir, y en los que tenía puestos el pensamiento y el corazón, reclamaban de un modo especial el ejercicio de la mansedumbre; la consideraba arma decisiva para el triunfo de la causa de Dios.

         Jesús, comentaba Don Pedro, no nos dijo que aprendiéramos de El a crear mundos ni a hacer milagros. Su mandato terminante y taxativo fue este: “Aprended de Mi a ser mansos” (Mt. 11,29).

         “Con dulzura se educa, con dulzura se enseña, con dulzura se inculca la virtud, con dulzura se consigue la enmienda, con dulzura se evitan muchos males, con dulzura se hace todo lo bueno”. (P. Poveda 19-4-35).

         “No  hay que hacerse ilusiones; la mansedumbre, la afabilidad, la dulzura, son virtudes que conquistan el mundo”.

         “¿Sabéis cómo podréis obtener de vuestros alumnos/as todo eso que consideráis tan difícil? Con la dulzura, y la mansedumbre”.

         Su vida estuvo marcada por el sufrimiento. Conoció muy a fondo y con intensidad casi extrema, el éxito y la contradicción. Aprendió, con duras y continuas lecciones, dónde y cómo puede buscarse el equilibrio de la verdad, la paz y la auténtica serenidad.

          No le fue fácil asimilar la experiencia de su última etapa en Guadix, que guardó durante mucho tiempo en el más completo silencio.

         El no podía ni imaginar entonces que una tarea hecha con sacrificio, abnegación y amor, con el entusiasmo de la juventud y sin otra mira que ser fiel a la vocación recibida de Dios, pudiera suscitar otros sentimientos muy distintos de los que inspiraba su acción, hasta verse envuelto en una complejísima red de intrigas y sospechas, que en los primeros meses de 1905 lo llevaron a la decisión de abandonar Guadix para siempre.

         Pero Pedro Poveda no fue un hombre polémico, ni gastó sus palabras en batallas inútiles. Fue persona de realidades, de hechos, de “comenzar haciendo”. Un convencido de que “las obras, si, ellas son las que dan testimonio de nosotros y las que dicen con elocuencia inconfundible que somos”.

         En Covadonga, durante siete años intensos de oración, de reflexión y de proyectos, no se replegó en sí mismo buscando explicaciones difíciles de encontrar. “Mirando a la Santina” siguió viendo las necesidades de su entorno, llegando a captar, con singular intuición cuanto se debatía entonces a cerca de la formación de la persona y el futuro de la sociedad.

         A través de conversaciones con los peregrinos captó profundamente el misterio salvífico del Verbo encarnado percibiendo al Cristo doliente en los sufrimientos de los hombres e incluso comprendiendo mejor, desde esta perspectiva, su propia trayectoria personal.

         En sus encuentros con la adversidad supo esperar y, al fin, reconocer en ellos la gracia de Dios. Como resultado: la paz.

         No fueron menores, aunque de distinto género, las batallas que hubo librar en Jaén. Aprendió entonces que “la oración era su única fuerza, que creer bien y enmudecer no es posible”. Y que las humillaciones, abatimientos, contrariedades, persecuciones, sufrimientos, martirio… vienen como consecuencia legítima de ser discípulos del Maestro.

         Siempre respondió con amor, con dulzura y afabilidad.

         “Con las piedras que encuentres en el camino, se delicado y llévatelas. Y si no las puedes cargar a hombres como hermanas, al menos, déjalas atrás como amigas” (Anónimo).

         El 4 de Mayo de 2003, en Madrid, su Santidad Juan Pablo II lo proclamó Santo. ¿Será esta mansedumbre el secreto de la fecundidad que lo llevó a los altares?

         Hoy además de su memoria nos queda su Obra, la Institución Teresiana que en este año celebra el primer centenario de su nacimiento.

         Está formada por seglares; hombres y mujeres; que se comprometen a vivir una misión evangelizadora desde su trabajo profesional, en el campo de la educación y de la cultura, estando presentes en las estructuras públicas y en centros propios.

         También trabaja en redes que permiten abrir caminos a la paz con instrumentos propios como la ONG InteRed en España o PRODOCS en Italia, desde una perspectiva multicultural consecuencia de nuestro mundo globalizado apoya y genera proyectos de desarrollo, con especial atención a los jóvenes y a favor de la mujer.

         El compromiso y deseo de la familia teresiana en este siglo XXI, es poder seguir el camino abierto por este “buscador” apasionado y audaz, que vivió momentos históricos semejantes a los nuestros, que supo mantener la sensibilidad abierta, no cerró los ojos ante la complejidad de los problemas, se arriesgo y ofreció motivaciones para esperar y buscar la paz.

         La Institución Teresiana presente en la ciudad de Guadix desde 1946, quiere ser casa abierta, donde muchos puedan acercarse y compartir experiencias de fe, de formación, emplear energías en el servicio del Evangelio, construir con otros una cultura de la “no violencia”.

Claustro del Colegio Padre Poveda 

 

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